EN MEMORIA A MI PADRE; UN LIDER INNATO DEL CAMPO

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Por Adalberto Rúa Truyol

La historia queda impregnada en la mente de quienes de una u otra manera forman parte de ella; la viven, la sienten, la practican y con el correr de los años ya entra a formar parte de un pasado y para que las nuevas generaciones conozcan quienes hicieron parte de ella debe quedar escrita y de esta manera puedan socializarla a sus descendientes. El tema que nos ocupa es acerca de la clase trabajadora de Palmar de Varela y de manera especial quienes han vivido del campo, con amor y perseverancia como un orgullo de nuestro terruño.

No podía dejar pasar por alto la labor de mi padre, Amador Antonio Rúa de Ávila, quien nació el 7 de octubre del año de 1.924, hombre luchador y trabajador del campo en este rincón importante del Atlántico. Descendiente de una familia campesina que deja el ejemplo del trabajo honrado y los buenos modales, basados en los valores del respeto, la honestidad, la responsabilidad y la solidaridad con el prójimo.

Es el quinto de los hijos de Federico Fidel Rúa Rúa y María Ofelia Ávila Cabarcas, quienes tuvieron también en su orden descendente a Rosa Ramona, Irene, Ángel Federico, Honario, Amador, Juan Alberto, Reynaldo y Abimael, este último falleció siendo muy joven.

La descendencia de los Rúa Ávila, se caracterizó por ser una familia muy unida, ejemplo que como legado fue heredado de mi abuelo Federico Fidel, a quien con mucho cariño le decíamos” Papaico”. En todo el pueblo lo conocían de esa manera, la gente alrededor de él, su entorno lo trataban con mucho cariño y respeto por su forma de ser, muy cariñoso, juguetón, pero, se caracterizó por ser muy directo, cuando algo no le gustaba lo decía sin ocultar lo que pensaba.

“Papaico”, enviudó en el año de 1976, fecha en que falleció mi abuela María Ofelia, a la edad de 74 años quien era conocida por todos con como “Mamaía”, le decíamos así mucho cariño a esta mujer muy humilde, trabajadora y servicial con todos sus familiares y vecinos, una gran luchadora quien al lado de mi abuelo lograron lo que se propusieron para sacar adelante a su familia.

Papaico, mi inolvidable abuelo falleció a la edad de 105 años, el 5 de diciembre de 1.989. De él podemos recordar con cariño su permanencia en la Vereda Majagual, en el predio Rancho Alegre, donde era feliz junto a su hijo Juan Alberto. Cuando deseaba cambiar del entorno social en que se hallaba regresaba al pueblo para organizar un recorrido por las residencias de los demás hijos agendando el tiempo entre su hija adoptiva Zenith Rúa de Guette, Irene, Reynaldo, al igual que hacía con el resto de hijos como Honario, Angel, Rosa Ramona y Amador.

Entre los años 80 al 89, recuerdo con cariño que se convirtió en costumbre; me tocaba acompañarlo de mi casa todas las tardes a la vivienda de mi tío Reynaldo con quien vivía y junto a él permaneció sus últimos años hasta el día de su fallecimiento el 5 de diciembre del año 1.989.

De ese hogar, que les comenté al principio, nació mi padre Amador Antonio, un líder de las luchas campesinas quien participó junto con sus hermanos Reynaldo, Juan Alberto y Honario en el año de 1957 y con otros labriegos en la adquisición de los predios “Playas El Paraíso” a orillas del gran río Magdalena, unos baldíos de los que unas familias, hacendadas de la época, querían apoderarse de esos terrenos. Pero, el empuje, la perseverancia y la lucha por conseguir estas tierras fértiles, aluviones del Magdalena, fue decisiva para el beneficio de toda la comunidad campesina de la población.

A partir de este hecho, nació el sindicato de campesinos más grande de Colombia que haya existido en la región, conocida como (Sociedad de Agricultores y Campesinos) a el pertenecieron mi padre y mi tío Honario Rúa, siendo el presidente de la junta directiva por muchos años. Fueron numerosos los logros alcanzados para el bienestar de la comunidad campesina, entre ellos la adquisición del terreno y construcción de la Casa Campesina la que se convertiría en la sede para muchos eventos de capacitación, culturales, brigadas de salud, como también fue sede de la biblioteca pública y los inicios del colegio Técnico Agropecuario.

Con mucho orgullo resalto que mi padre, fue uno de esos luchadores, lideres incansables, que solamente pensaban en el bien de su comunidad campesina. Posteriormente en las Playas del Paraíso, en conjunto con los demás líderes campesinos, se llevó a cabo la repartición por igual de las parcelas a cada hombre que luchó por estos predios fértiles; convirtiéndose en la despensa económica del pueblo y del departamento del Atlántico con  cultivos de yuca, maíz, tomate, plátano, mango y la tradicional guayaba, siendo esta fruta, muy apetecida en el mercado de Barranquilla, generando de tal manera el mayor recurso económico para las familias campesinas del pueblo.

El fruto de la lucha por esos predios fértiles no fue en vano. Con la producción de pan coger y frutales, sirvió para que las familias campesinas, mejoraran sus condiciones económicas y de esta manera su nivel de vida, lo que permitió, sacar adelante a sus hijos en el estudio de básica secundaria y universitarios.

De eso puedo dar fe. Mi padre siempre me decía: “la herencia que les puedo dejar es la educación, sean mejores que yo, nunca fui a la escuela, lo importante es que ustedes salgan adelante y sean alguien en la vida, pero, siempre tengan presente el servicio a su gente, siendo honestos y respetuosos, que nadie los vaya a señalar”.

En el año de 1981, estando en Playas Paraíso con mi padre en su parcela, me enseñó una clase de valores y derechos en su sabiduría, me dijo: “en este predio, haga todo lo que quiera, coja y coma de las frutas, pero, no mire, ni se meta con los cultivos de sus vecinos, se debe respetar y ser honesto, si llegase a necesitar algo, me dice, pero, cuidado no se vaya a meterse en los terrenos ajenos”. Eso era mi padre, siempre impartiendo el deber ser.

Estos predios a los que hago referencia eran abiertos, es decir; no tenían cerca, la división era un camino, conocido como “Las contramanos” todos los hombres del campo eran unidos; así fue la Sociedad de Agricultores y Campesinos que presidió mi tío Honario, que demostró la unidad y lucha por el bien de todos.

Fue una gran lección para mi vida, servir sin esperar nada a cambio, pensar siempre en el bienestar de la comunidad.

 Las décadas de los 80 y 90 fueron de gran productividad. En las Playas Paraíso, las empresas de California y Frucosta, compraban las cosechas de tomate y guayaba. Fueron tiempos de supervivencia, la gente andaba bien económicamente, se generaron miles de empleos directos e indirectos.

En ese proceso de cultivar, acompañé a mi padre para preparar la tierra, lo hice al lado de mis hermanos Abimael y Amador, quienes permanecieron todo el tiempo con él. Mis hermanos mayores Rafa y Federico se habían ido a trabajar a Barranquilla.

Fue una época de gran empeño, Sembrábamos tomate, maíz, yuca, melón, patilla entre otros. En esa época   se alcanzaban a recopilar entre 50, 60 y 70 cajas de tomate que día por medio salían para las fábricas Frucosta y California sin tener en cuenta las que se vendían en forma directa para el mercado de Barranquilla. La productividad fue tan buena, que permitió a las familias campesinas con los recursos recibidos arreglar sus viviendas.

Qué recuerdos inolvidables, la vida del hombre del campo en Playas Paraíso, trabajar con honestidad, ganarse la vida con el sudor de la frente, madrugando primero que el sol para cultivar la tierra, aprovechar las mañanas frescas para adelantar trabajo y saborear en el rato libre la degustación de una papaya, una patilla, un melón ó buen café.

En  el desempeño de estas labores, mi padre era un excelente madrugador, a las 3:00 a.m, estaba en pie, ordeñaba las vacas, preparaba su café, desayunaba y salía a las 4:30  o 5:00 a.m. para estar en  sus tierras antes de 6:00  en  Playas Paraíso, las veredas El Limón ó Majagual, siempre pensando en trabajar para tener un mejor nivel de vida para su familia, descansaba muy poco; cuando se quedaba un domingo en el pueblo, era porque tenía una reunión en la Casa Campesina  o para la época de las fiestas patronales de San Juan Bautista para acompañar la misa y la procesión.

 Al igual que él, sus hermanos Ángel, Reinaldo, Honario y Juan Alberto, siempre estaban educando con el ejemplo, ganarse el pan de cada día con el sudor de su frente siguiendo el ejemplo de la familia en que las cosas se consiguen trabajando, nada es fácil y hay que luchar permanentemente con el esfuerzo y el trabajo honesto, sobre todo, siendo responsable con la labor encomendada.

Me contó mi padre Amador, que para el año de 1957 mi madre Rosa María Truyol Bolaño, se enfermó, sufría de los nervios alterados por lo que debía llevársela para el campo, pues ella no quería quedarse sola en casa, le buscó un médico para que la asistiera. El tratamiento   acompañado de aplicación de medicinas para tal causa duró más de un año.

La situación de salud de mi madre no fue motivo de impedimento para que el dejara de cumplir con su labor de trabajar y cultivar la tierra; sabía de su responsabilidad con su familia y el amor que le tenía a su esposa, el mismo que le profesó cuando la conoció, por lo tanto, tenía que dar lo mejor de sí, además de poseer una fe en Dios para que la sanara. Era de los que sostenían que la esperanza es lo último que se pierde y mi padre nunca la perdió, estuvo atento a ella en todo momento y se la llevó a vivir a la vereda El Limón en el predio El Refugio de propiedad de mi abuelo Papaíco, en donde todos sus hermanos iban también a cultivar la tierra. Allí duró con ella por más de 9 meses con mis tres hermanos mayores Dilma, Rafael y Federico hasta que se recuperó y volvió al pueblo.

Así como esta parte de la historia de mi padre con mi madre, hay un sinnúmero de anécdotas, que nos dejan enseñanzas de amor y respeto por el ser a quien le prometió amarla y quererla ante el altar en las buenas y en las situaciones de dificultad, como fue este episodio de la salud.

Luego de haberse recuperado, nacieron mis otros hermanos Amador, Abimael, Lidia y María Ofelia, siendo yo el último de la familia Rúa Truyol, mi nacimiento se produjo el 23 de octubre de 1.969, siendo   una época de fuerte invierno.

Me cuentan mis familiares, que, para ese año y el 1.970 hubo una creciente fuerte del río Magdalena hasta el punto en que las aguas de las ciénagas se desbordaron inundando el 60% del casco urbano del municipio siendo un periodo muy difícil para los habitantes del pueblo. Muchos perdieron sus enseres y en el área rural los cultivos también se ahogaron, la situación económica comenzó a sentirse entre las familias, pues no contaban con los recursos para comprar los productos de la canasta familiar.

Así trascurrieron los años de vida de estos esposos en estar juntos en épocas buenas y difíciles, pero, siempre unidos en el amor para salir adelante y encontrar las soluciones a los problemas.

 Con esto quiero expresar, que los valores inculcados a mi padre por mis abuelos fueron decisivos y sólidos para asumir su responsabilidad de esposo, padre e hijo, pensando siempre de manera positiva, que las cosas serían mejores en los días venideros, con fe y esperanza, esa es la vida y pensar siempre en hacer el bien al prójimo.

Además de ser un buen agricultor actuaba en algunas ocasiones como si fuese un médico ortopedista, los habitantes que sufrían lesiones, lo buscaban para que determinara si era fractura, un esguince, una cuerda encaramada por lo que le pedían que les diera un sobo en la parte afectada y era tanta la fe que le tenían que con dos sobos mejoraban, le preguntaban cuanto le debían, siempre respondía que nada, ese era él, hacer el bien y no esperar nada a cambio. Igualmente ocurría con los animales, el los atendía.

Y así transcurrieron los años de mi padre, trabajar la tierra hasta que dejó de ir al campo por lo avanzado de la edad, contaba con 78 años y ante la solicitud de sus hijos para que descansara porque había trabajado tantos años, sin embargo, el manifestaba sentirse fuerte, quería seguir, hasta que aceptó quedarse en casa. De vez en cuando lo llevamos al Limón o Majagual para que se recreara, le servía de terapia-

Lo más duro para mi padre fue cuando falleció mi madre a los 76 años, el 19 de julio del año 2005, él no se lo esperaba fue algo que lo afectó después de haber convivido tanto tiempo de amor al lado de ella. Pensamos que no lo iba a superar.

Como cosas de la vida el fallecimiento de mi progenitora se produjo, 15 días después de que mis paisanos me hubiesen elegido alcalde del municipio. Para mi fue también fue un duro golpe, pero, tenía que aceptar la realidad y asumir el nuevo reto de dirigir los destinos de la población que me vio nacer, trabajar con responsabilidad y honestidad, valores inculcados desde pequeño por mis padres y tenía que cumplir con mi deber como un legado de estos.

Los años transcurrieron, mi padre siempre estaba compartiendo con sus nietos e hijos, eso le permitió estar muy optimista y agradecido con la vida por todas las cosas buenas que había logrado y sobre todo haber formado una familia con 8 hijos, 30 nietos, 21 bisnietos, 2 tataranietos, por lo que vivió alegre y sintiéndose satisfecho, dándole gracias a Dios por las cosas positivas.

A mediados del mes de marzo de 2018, mi padre se vio afectado por  una isquemia cerebral que le paralizó medio cuerpo, sin embargo  quedó consciente sin perder el habla, por lo que  estuvo más de 20 días hospitalizado.

En la clínica, le dieron salida y le autorizaron médico en casa. Cinco meses después, el 17 de noviembre del 2018, falleció a la edad de los 95 años, un día antes de la realización del X Festival de la Guayaba, evento el cual era organizado por mí, tenía toda la responsabilidad y afrontar esta situación, fue otro golpe muy duro.

Al día siguiente se llevó a cabo el sepelio en el que concurrió mucha gente que llegó a mi casa para darle el ultimo a dios, para contar anécdotas, recordar muchas facetas de su vida como tiene por costumbres nuestros pueblos y entre estas recordaciones le reconocieron el liderazgo que tuvo como campesino.

La misa efectuada en la iglesia San Juan Bautista estuvo presidida por el reverendo sacerdote Tomás Coronado. A la partida del féretro, rumbo al cementerio, al pasar por el Parque Central, en donde se realizaba el Festival de la Guayaba, le rindieron un homenaje póstumo con la Escuela de Música de la Casa de la Cultura honores que estuvieron a cargo de los presentadores del evento Nora Medina, Antonio Beltrán y Robin Carrillo al igual que Hugo Caballero, resaltando que él había sido un gran líder de las Playas Paraíso y un gran cultivador de la guayaba.

Ese día no lo puedo olvidar, escuchar el minuto de silencio, los pañuelos blancos y las voces que manifestaban el gran hombre que había sido mi padre, tuvo la mejor de las despedidas, acompañado hasta su última morada por toda su familia y un sinnúmero de amigos, vecinos y ciudadanos del común que lo despidieron   dándole el último adiós.

Mi padre partió al lado del todopoderoso y de su amada esposa, mi madre y antes del inicio del viaje sin retorno se llevó el mejor de los homenajes como reconocimiento a su loable labor en su tierra.

 Correspondió a mi hermano Amador en el camposanto ofrecer una oración a su estilo, teniendo en cuenta que él, es miembro de la iglesia Adventista del Séptimo Día, lloró al despedir de su padre, recordando que el lleva su mismo nombre y afianzó a los asistentes que   con él se fue un legado de historias, de lucha y amor a su familia.

Amador Antonio Rúa de Ávila, será recordado por siempre, por su don de gente, servicial sin esperar nada a cambio y sobre todo una persona honesta que trabajó arduamente para sacar adelante a su familia.

Le dimos el adiós, y ratificamos que lo llevamos y llevaremos por siempre en nuestro corazón agradeciendo por cada uno de los momentos que compartimos y estuvimos al lado de él. Que nuestro Dios, lo mantenga en su Santa Gloria y brille para él la luz perpetua en su descaso eterno.